Comer bien es responsabilidad de cada uno de nosotros. Muchos factores de nuestra salud dependen del tipo, cantidad y proporciones de los alimentos que ingerimos, por lo que de su correcta o incorrecta elección dependerá que tengamos mayor o menor probabilidad de sufrir enfermedades o trastornos de la salud.
Hacerse una analítica con frecuencia es la herramienta más útil para comprobar la incidencia de la comida en nuestro organismo. Si la gente se hiciese análisis de sangre cada pocas semanas, podría comprobar cómo oscilan muchos indicadores en función de lo que haya comido en los días anteriores a la prueba. Es siempre, además, una comprobación personal, porque a cada uno le afectan de manera diferente los distintos alimentos. Todos deberíamos saber cuáles, y en qué proporción, son los que benefician nuestra salud y cuáles los que la perjudican.
Una dieta (entendida en sentido amplio, es decir, no sólo los regímenes para adelgazar, sino cualquier modo de alimentación) influye en nuestro estado físico y, como consecuencia de ello, en los resultados de nuestros análisis. Pero no los condiciona al 100%, entre otras cosas porque dependerá de las decisiones que tomemos dentro de las variantes que esa dieta permite. Así, por ejemplo, si alguien sigue una dieta baja en grasas puede tomar montones de verdura, pero también puede no probarla y atiborrarse a pescado hervido (o a la plancha o como quiera que se haga para que no tenga grasas; la cocina no es mi fuerte). Y quienes siguen el método Atkins, sobre todo a partir de la segunda fase, tienen montones de opciones y es responsabilidad suya decidir cuáles les sientan mejor.
Viene esto a cuento de las muchas dudas, polémicas, debates y críticas surgidas acerca de la incidencia de esta dieta en los niveles de colesterol y otros indicadores analíticos. El doctor Atkins siempre defendió que con su método nutricional la inmensa mayoría de sus pacientes ven reducirse sus niveles de colesterol y triglicéridos, por lo que, cuando alguien comprueba que siguiendo esta forma de comer le suben esos niveles empiezan a sembrarse dudas y temores. Bien, algún día de estos escribiré largo y tendido sobre el colesterol en esta bitácora, apoyándome en la experiencia de expertos analistas a los que voy a consultar a fondo. De momento, baste con adelantar que, sin saltarnos la dieta en ningún momento, podemos elegir y combinar alimentos muy diferentes, con incidencias asimismo muy diferentes en nuestros niveles de lípidos en sangre (o de ácido úrico, o de transaminasas, o cualquier otro indicador). No es lo mismo aprovechar que los embutidos están permitidos sin límite para zamparse dos kilos de chorizo ibérico al día que tomarse cien gramos para merendar dos o tres días a la semana. No es lo mismo tomar pescado con regularidad que no probarlo. No es lo mismo limitar las verduras a la lechuga que añadir también cardo, calabacín, champiñones y espárragos... Y así podemos añadir cien mil ejemplos más.
Los que seguimos Atkins y nos hacemos análisis con regularidad tenemos la ventaja de que podemos ir comprobando los efectos de lo que comemos e introducir las correcciones necesarias para que mejoren nuestros indicadores. Pero eso es algo que puede (y debería) hacer igualmente cualquier persona, gordo o flaco y sea cual sea su tipo de alimentación. Lo que no tiene sentido es comprobar que nos sube el colesterol y echarle la culpa al método Atkins y abandonarlo entre críticas por su potencial riesgo de provocar enfermedades cardiovasculares. Es mucho mejor tratar de detectar qué tipo de alimento ha provocado esa subida y limitar su ingesta hasta que el nivel de colesterol se reduzca. Posiblemente ese mismo alimento nos provocaría la misma subida ingerido dentro de un tipo de alimentación que no limitase los hidratos.
A mí, personalmente, el colesterol me ha bajado de forma paulatina desde que empecé Atkins, pero el hacerme análisis regularmente (antes no me los hacía nunca) me ha permitido ir detectando lo que me sienta mejor y lo que me sienta peor dentro de los límites, cada vez más amplios, de los alimentos que me permite esta dieta. Así, por ejemplo, tuve una subida muy importante de los triglicéridos, hasta que detecté que había algo que me la provocaba: las semillas de lino. Ese producto, que se suele tomar para evitar el estreñimiento en los primeros días de un cambio de alimentación tan radical como Atkins, lo consume muchísima gente sin ningún efecto perjudicial, pero a mí no me sucedía así. Fue dejarlo y de inmediato me empezó a bajar el nivel de triglicéridos, que ahora tengo bastante por debajo de cuando empecé la dieta.
En mi última analítica, que comenté en esta bitácora, me subieron algo las transaminasas. Cuando le dije al médico que había reducido la cantidad de verduras y que no estaba tomando legumbres (las había incorporado en PPP, pero en las últimas semanas las suprimí para compensar la falta de ejercicio y algún exceso navideño), me explicó que con toda probabilidad ésa era la causa, así que ya le he puesto remedio. También me bajó el HDL o colesterol bueno, y me dijo que una de las maneras de subirlo es haciendo ejercicio (y es que llevo un mes que no me muevo), o también tomar un vaso de vino al día (esto me lo puedo permitir dentro de mi nivel de consumo de hidratos, pero es que no me gusta demasiado).
Este tipo de oscilaciones y de medidas correctoras es normal y cotidiano en cualquier persona, siga o no un régimen alimenticio. Los análisis nos ayudan a detectar qué es lo que mejor nos conviene a cada uno de nosotros, que casi nunca coincide con lo que le conviene a otro, porque cada cuerpo es diferente y la aplicación de las mismas reglas no tiene por qué causar los mismos efectos en personas distintas. Elegir correctamente nuestros alimentos es, para todos, una práctica que redundará en beneficio de nuestra salud.