Cualquier persona que no conozca la dieta Atkins y a la que se le comenten los resultados que me ha dado a mí, o a docenas de miles de personas como yo en todo el mundo, se preguntará por qué los millones de obesos que hay hoy en día no hacen lo mismo que nosotros. Si existe una forma de comer que permite adelgazar sin pasar hambre, comiendo siempre que a uno le apetece y, encima, mejorar la salud, lo extraño es que siga habiendo gente gorda, ¿no?
Pues no, evidentemente. Hay millones de obesos y muchos de ellos conocen el método nutricional Atkins, e incluso lo han seguido por algún tiempo. ¿Por qué, entonces, no les ha dado el mismo resultado que a mí? Aunque cada caso es distinto, como avanzaba en un anterior
artículo de esta bitácora, creo que la principal razón estriba en que Atkins no es una forma de comer fácil de seguir, al menos en nuestra sociedad actual. Es verdad que al cuerpo le proporciona todos los nutrientes que necesita, pero dista mucho de satisfacer todas las necesidades y obligaciones de la vida social moderna.
Al margen del período de inducción, en el que la necesidad de suprimir muchos alimentos es temporal y puede sobrellevarse con una fuerza de voluntad razonable, la principal dificultad para seguir este método es que, incluso en mantenimiento, exige renunciar a los dulces, azúcares, pasteles, bollería, golosinas, tartas, rosquillas... en fin, todo lo que esté elaborado con azúcar o harinas refinadas, que en general son productos con los que se está bombardeando constantemente a nuestros sentidos desde escaparates, anuncios, máquinas expendedoras, establecimientos hosteleros y restaurantes, etcétera. Por no hablar de las tradiciones y usos sociales: ahora se acerca la Semana Santa y, con ella, las torrijas. Pero antes, en Carnaval, fueron los buñuelos o los huesos de santo. Y antes de eso, en Reyes, los roscones. Y en Navidades, el turrón, los polvorones, mazapanes... ¿Hace falta seguir? No hay fecha señalada en el calendario que no vaya acompañada por productos plagados de hidratos de carbono.
A eso se suman las celebraciones particulares de cada uno: cumpleaños, aniversarios, santos, bodas, bautizos... que no serían lo mismo sin tarta o pasteles. Y luego están las reuniones familiares, las comidas de negocios... En fin, es casi imposible pasarse una semana seguida sin la obligación de resistirse a la tentación. Porque a todo ello se suma que los dulces, en general, son la comida más tentadora que existe. Cuesta mucho esfuerzo tener a tu alcance un montón de deliciosos pasteles sin echarles mano. Su sabor es de los más agradables que hay, su olor es atrayente y la sensación que dejan en el paladar es la culminación perfecta para una buena comida, por completa que haya sido.
Contra todo esto no tiene remedio Atkins. Ahí sólo cabe la fuerza de voluntad y la capacidad de sacrificio de cada uno. Yo no me puedo quejar, porque soy bastante fuerte ante este tipo de tentaciones, pese a que me considero una persona extremadamente golosa, que disfruta tanto o más que cualquiera de los pasteles o los helados. Pero cuando me vi con el enorme sobrepeso que tenía me conciencié de que era una problema muy serio y que requería una solución drástica, así que me puse manos a la obra con todas las consecuencias. Ahora bien, posiblemente la gente como yo sea una minoría en el total de las personas con sobrepeso. Por los casos que he visto, y otros que conozco de oídas o a través de foros de Internet, lo normal es sucumbir a la tentación. Si Atkins tuviese la fórmula para resistirse a ella, la obesidad habría desaparecido ya de la faz de la tierra.